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jueves, 9 de julio de 2009

richard galliano


nunca antes había escuchado en directo a galliano ni a gonzalo rubalcaba. no conocía a clarence penn. esta noche ha habido suerte, cielo de gasa negra, humedad, suerte y música. play es juego, es jazz. cuatro músicos jugando con verdaderas ganas durante casi dos horas. el sonido rebotaba ligero en la pared de roca, muro de piedra que hace a la vez de fondo de escenario y caja de resonancia ante las gradas del teatro griego, el grec. espacio que estrecha y libera a la vez el fraseo de tres de los músicos que más me gustan juntos por vez primera. gonzalo rubalcaba es un pianista pequeño de estatura, cubano de nacimiento y enorme sobre el teclado, que además de poseer un irreprochable conocimiento de la técnica expresiva, hace redoblar sus dedos sin descanso pero sin alterarse por fuera. a veces da manotazos a las teclas, a veces las acaricia como seda. lleva gafas y un pañuelo rojo punzó para secarse el sudor. ha habido momentos en que era imposible seguirle con el oído, pero como el piano es un instrumento de percusión él lo usa de manera bailable, tan tremendamente cubana como un danzón de lecuona. este pianista no ha tocado para mí sólo hoy; ha hecho en una noche un resumen sonoro de todas las veces que ha tocado para mí en los discos, en muchas horas de música increíble, elegante y sutil, de las que no llevo la cuenta. una lección de arte sumergido que llega desde lejos hasta aquí, cuando miraba a richard bona que es músico africano y por lo tanto sabe de dónde son los cantantes. bajo de cinco cuerdas. sonrisa ancha y sonora, resonante cuerpo que sirve para cantar y tocar al mismo tiempo sin esfuerzo. lo vimos hace cuatro o cinco años desde más lejos con cuatro tipos ya maduros de nueva york que parecían oficinistas reunidos en el pub para beber cerveza y tocaban de miedo, y el concierto terminó en tormenta eléctrica y en agua. allí richard bona concitó la lluvia. tuvimos que salir corriendo mientras las notas se alejaban. hoy no. todos sus discos me gustan a rabiar. julio, que ha venido con encarna y conmigo, sabe de lo que hablo. cuando hacíamos itinerarios juntos esperábamos cada nueva entrega de bona y todas eran aún mejores. cantar la música tradicional de camerún, oír música cubana en áfrica en los años 60, descubrir un bar cerca de tu pueblo donde un tipo pone discos de jazz...todo eso puede hacer -si eres músico de nacimiento- que toques con la naturalidad con la que un pájaro anima la tarde que cae. y clarence penn, un chico de detroit, la otra cuna del blues, también pequeño, armado con palillos y baquetas, pieles tensadas, metales y maderas ha sometido sin proponérselo a un ligero y espacioso sendero a sus amigos. galliano bailaba de contento y no era para menos. hacía respirar el fuelle del acordeón como si fueran olas, agua batiendo contra piedra, sonido que luego silbaba casi sin oírse hasta que recuperaba fondo y salía adelante, arriba, como si derribara el hueco de la noche. había conseguido tocar con sus amigos.
oooo
pepe

1 comentario:

soperos dijo...

maravilloso texto, pepe. muy.

besos,
òscar.

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