en este blog podrás escuchar, leer o ver a los poetas de aquí y de allá que cada semana pasarán con sus versos por el programa de radio sopa de poetes, ahora todos los martes de 20 a 21 horas. en el prat ràdio (www.elpratradio.com). o todo aquello que organicemos, con lo que nos tropecemos y que esté relacionado con el hecho poético y artístico.
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miércoles 1 de febrero de 2012

prótesis en tendencias 21



Editado por
Yaiza Martínez
Yaiza Martínez

Poeta y narradora, Yaiza Martínez es Licenciada en Filología Hispánica (UCM). Libros de poesía: Rumia Lilith (2001), El hogar de los animales Ada (Editorial Devenir, 2007) y Agua (Ediciones Idea, 2008). Es también autora de la novela Las mujeres solubles (Lulu.com, 2008). Poemas suyos han aparecido en diversas publicaciones como El signo del gorrión, Vera, Los noveles o ABC Cultural. Ha traducido El Señor de Ballantrae de R. L. Stevenson (2005) para la editorial Marenostrum. Ha ejercido la crítica literaria en la revista Reseña. En la actualidad es traductora y redactora-jefe de la revista de Ciencia y Humanidades Tendencias21.



quita la máscara de ahí deja el aroma
familiar afuera
la casa la tormenta

el balcón donde dormía el padre hacia poniente
el río lento espeso como una venda negra
cielo abajo

quita el mueble marrón la colcha fría
las flores de papel

añade el extranjero

mientras buscas la fecha
tus tendones de sal
se incrustan en la noche


*


en los hombros se rompe el deseo hasta
que el cielo pasa


*

contraído encubierto
con astillas de vidrio hundidas en la nuca


sin llegar más allá de la mitad del cielo


esperas otra música en la detonación
de un pájaro de lata


*


asolados en cercas
paraíso y temor alcanzan sueños
trampas de agua en cielo frío armado


el becerro de lengua negra sella sus duras
condiciones palpita de la boca a la vena
con su huella de humo


un terco amor rodea sufrimientos fechas horas
tajadas limpias


y aunque es de noche todos los gatos son
santos.

Pepe Maiques. Fuente: Sopa de poetes.


Pepe Maiques (Valencia, España, 1955) Estudió Historia Moderna en Granada, donde participó en la formación de Teatro Ilíbero y en Colectivo 77. Actualmente vive en El Prat de Llobregat y forma parte del colectivo Sopa de Poetes, con el que organiza lecturas y acciones poéticas, entre otras actividades. En la primavera de 2008 publica "Piedra, Papel, Tijera", en colaboración con sus compañeros del colectivo Sopa de Poetes, Mariano Martínez y Óscar Solsona. Los poemas aquí reproducidos pertenecen a su poemario Prótesis, publicado en 2011 por Rúbrica Editorial, con prólogo de Mariel Manrique.

Yaiza Martínez
Martes 31 Enero 2012

http://tendencias21.net/literaria/Poemas-de-Protesis--de-Pepe-Maiques_a178.html

martes 31 de enero de 2012

tracé una raya en el suelo


pepe

les doy mi brazo


Les doy mi brazo.
Se me ha acabado el miedo a ver fluir mi propia sangre.
Mientras extraen, suave y poderoso, el líquido,
pienso que ahí, en lo rojo, en lo negro,
están todos los verbos y todos los asuntos
o puede que sea sólo química
o una fotografía de virus y de vicios
como una confesión
como una indefensión
como un relato de cosas que he comido, besado u olvidado,
un caliente chupito ya sin pálpito,
unas gotas de savia
o de veneno.
  
Inma Luna, Analítica
http://inmalunatica.blogspot.com/2012/01/analitica.html?spref=fb

pepe

en la cola del súper...

pepe

la voz



la voz de los que murieron solos

sin palabras sin código

sin la mano de un dios verde y apestado en la frente

la voz de los que comieron ceniza

de los que hurgaron el suelo con su corona de hilachas

de los que no encontraron fosa

la voz del humo gris que viene del borde

de los arenales recostados

la voz que segrega el estupor de la tierra

el monstruoso estupor del aire que engulle

la voz figura del hacinamiento

del timbre demorado

del vaho que arrastra oclusión hiel raíz sonora

la voz disipación del animal

del cuerpo chirriante que retuvo agua

y entregó silencio

la voz llamada orbicular que nos alambra

la voz

la huella nunca ajena


Laia López Manrique


pepe

"la caja de música", de olga muñoz carrasco


llama la cartera al timbre: "correo certificado"

tooooma!!!
el bueno de javier gil martín (javi) me envía esta preciosidad que edita la fundación inquietudes / asociación poética caudal...

ahora mismo voy a un recado y es de esos de esperar en una sala. así que me lo llevo puesto y me lo como...

¡¡¡gracias, olga... gracias, javi!!!

òscar

marió cuencá, nouvelle à paris


bravo, mon ami et bonnne chance!

pêpe

roto / ya tenemos a todos en la red...



pepe

lunes 30 de enero de 2012

reseña de laia lópez manrique

“Prótesis”, de Pepe Maiques
Prótesis. Pepe Maiques
Ilustraciones de Òscar Solsona
Prólogo de Mariel Manrique
Rúbrica Editorial (El Prat de Llobregat, 2011)


"desde aquí puede oírse
cómo palpita la boca turbia del poema
la lengua calcinada de la tierra que habla”. 
Pepe Maiques



Hay libros que se miden y casi se sumergen en la intensidad de la cita que les ha elegido. Este es, a mi modo de ver, el caso de Prótesis, de Pepe Maiques (Valencia, 1955), que se abre con unos versos del poema “Musée des beaux-arts”, de Wystan Hugh Auden: “con qué serenidad / todo parece lejos del desastre”. En el poema de Auden, la referencia que desata los versos es el cuadro de Brueghel el Viejo llamado La caída de Ícaro, donde se representa un paisaje aparentemente tranquilo, cotidiano: a lo alto de un acantilado un campesino labra la tierra, un pastor cuida del ganado y un pescador tiende redes en el agua. Un barco navega cerca de la costa y a lo lejos se divisa una ciudad, recortada contra el color verdoso de las aguas y el amarillo del cielo abrasador y cautivo. Pero hay un pequeño detalle, un detalle que podría pasar desapercibido a un observador poco atento: unas piernas que se zambullen en el mar y un revuelo de plumas alrededor, las plumas de Ícaro,  quemado por el sol en su acto de hybris.    
                                                                
                                                                                                                                                                            
                                                           
El poema de Auden insiste en el  modo en que el desastre es engullido por ese transcurso cíclico de la vida, por ese devenir sin sobresalto, y se pregunta acerca de la posibilidad de que Ícaro haya sido contemplado por alguien más que por el pintor en su caída sin que eso (el hecho trágico, pero en cierto sentido también imposible) modifique en nada el curso de los acontecimientos. La caída de Ícaro no cambia el destino del barco, que “siguió navegando en calma”, ni el trabajo paciente del labrador, pero sí cambia la mirada de quien observa el cuadro, que superpuesta a la memoria del ahogado  reinterpreta toda la visión.

Los versos de Auden, la pintura de Brueghel, parecen estaciones providenciales para lo que será el cauce de la palabra y el imaginario de este librito pequeño, fecundo, ligeramente aterido, tanto en el nivel de la voz poética (donde la serenidad camina) como en el nivel temático (la in-apariencia del desastre, íntimo a la vez que colectivo).
Serenidad
A veces sorprende leer voces que no violentan, que no fuerzan, no constriñen. Y eso ocurre con la voz de Pepe Maiques. La voz de Pepe simplemente discurre, como discurre la vida en la pintura de Brueghel el Viejo, nombrando los residuos a través de los cuales se dejan ver los pies contraídos del ahogado. Lo mismo que hace en el blog de Sopa de Poetes, donde agrupa continuamente trazos y enlaces, hace en su poesía: bascula elementos, los aúna. Pepe deambula como un clochard, recoge, amontona cuerpos híbridos, actúa como un recolector de restos perdidos que forman un mundo de sintaxis rota y acariciante. A una cierta distancia veríamos ese mundo-lenguaje de Pepe Maiques como un paisaje fascinante, hecho de arena, hierbas, yeso, metal, tiza, limaduras, rastros  animales de lata, gestos comunes y una luz parda como la que se entrevé por una (cualquier) ventana. Un paisaje que se convierte en una ventana, en el andamio que hay más allá de esa ventana y que construye con su presencia limítrofe la geografía imprecisa, siempre mudable, de lo que ocurre tras ella.
De este paisaje construido por Pepe Maiques, a un tiempo nos queda lo férreo (ese cuerpo extranjero que interviene en el propio cuerpo y que encuentra su correlato en los paisajes fríos, metálicos de la calle) y la suavidad de la palabra. Nos queda un libro que nos habla desde el cuerpo y que se lee, como apunta Mariel Manrique en el excelente prólogo que ha escrito, con las vértebras y los tendones. Porque en este planteamiento de la poesía como ejercicio de recolección-composición queda, sin duda, interrogado también el espacio que ocupa el lector. Prótesis no es un libro sencillo de leer, al menos a simple vista. Un libro que está escrito desde la errancia de la lengua y de la mirada (trashumar y organizar, que decía Pasolini), desde el gesto de las manos que atesoran, no puede leerse sino desde el mismo cuerpo atónito y sus múltiples localizaciones. Es preciso que así sea cuando la lengua es a la vez tan concreta y tan abstracta en la forma: hemos de leer hurgando en nuestras propias sensaciones, insertando en nosotros el texto, acercándonos y también alejándonos en lo posible del condicionamiento previo, la carga pesada y fósil de la tradición poética. Pues como también dice Mariel en una frase cuya simplicidad es capaz de tumbarnos, “las grandes cosas no nos han servido para nada”. Las grandes cosas, los colosos patriarcales e ideológicos, las enormes palabras de la tradición poético-metafísica han deslizado nuestra experiencia, la han condicionado. Uno se da cuenta de ello cuando se disloca, cuando se deshace y en ese deshacerse la ficción de lo sólido termina. Ahora solo podemos asomarnos a  lo que queda de esa tradición y preguntarnos cómo aprender a hablar sin ella, concentrándonos en ese mundo mínimo: las astillas de la materia en ruina, las alas requemadas de Ícaro que aún no han acabado de caer al agua, sus piernas que se sacuden y dejan esbozado el indicio de una vida.
                                                           

Los espacios del desastre

La poesía de Pepe Maiques se esfuerza por declinar el adentro, siempre tan indecible. Declina el adentro en su frontera con la exterioridad de un mundo violento y asfixiante. Queda entre las palabras la posibilidad y el síntoma del adentro: como decía el filósofo Jean-Luc Nancy en su libro A la escucha, es precisamente en el sentido del oído (aquí, en la música quebrada de la lengua poética) donde se fragua el cruce entre el adentro y el afuera.

En el adentro crece el tumulto del dolor y en la escucha de los versos de Pepe, esa manera de no nombrarlo, de conjurarlo, de carcomerlo volviéndolo minúsculo, insondable. El dolor de quien ha ardido, como Ícaro (y no es extraño que “arder” sea un verbo que aparece en más de una ocasión en los poemas), el dolor que en lo externo se revive como imposición y caída.

Y el desastre íntimo es también transitado por el desastre colectivo. El espacio del desastre colectivo en el libro de Pepe Maiques está regido por la imagen del desierto:  lo que hay afuera, un desierto reglamentario donde los hombres esperan (“esperar cabe en el desierto”) y caminan en orden estricto “como el ganado”, el desierto cruzado e interiorizado-como en el famoso verso de Valente- por la voz empecinada del poeta que se llama a sí mismo “animal fatigado contra el muro”. Es nuestro mundo pre-apocalíptico (o que se nos vende como tal), donde se concentran multitudes de ahogados anónimos “que llegan huecos y ya no tiemblan nunca”, lejanos ya de la mitología y del empeño en volar hacia el sol y apenas sujetados por el esfuerzo de alcanzar la próxima orilla.

¿Puede la poesía tener también ese sentido, en la maceración de una voz que no se precipita ni canta? ¿Puede servir la poesía para alcanzar una orilla, para trepar costosamente por los cantiles? Deberíamos preguntárnoslo tal vez de otro modo: ¿para qué escribir, pues, ahora, poesía? Alguien podría decirnos: para huir. ¿Pero nos sirve la falsa sacralidad de lo que escapa o de lo que salva? Es probable que esta pregunta no pueda responderse más que con numerosas preguntas derivadas, y que escribir no sea más que interrogarse constantemente acerca de por qué se escribe.

Hablando del libro de Pepe Maiques podemos decir que él escribe para escindir la realidad y el hueso-carne que la atraviesa. Que escribe para arquear, así, la herida. Cada palabra de esta frase importa. Cada una de ellas. Hay que ver ese movimiento en los poemas de Pepe, en cada poema. De qué modo cada uno de ellos muestra la herida del cuerpo y la hace visible, de qué modo en cada poema cobra un viraje y una forma distintas. Todos los poemas de este libro son intentos de alcanzar la costa, son el movimiento de las piernas de los ahogados a pesar de la indiferencia del barco, de la pastosa y salubre inadvertencia de los hombres que trabajan en el acantilado. Tal vez el poema no llegue nunca a tomar la tierra, pero existirá, en su silenciosa agitación, una mirada que sí recoja el acontecer del desastre y su lenta condensación en el suelo que pisamos y nos sostiene.

Laia López Manrique
www.palidofuego.wordpress.com

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