Piensa en el tiempo perdido, el que no vuelve ni a tientas,
el que no podrá comprar con las migajas de su salario estéril.
Las palabras son tránsitos hacia lo invisible.
En ellas se refugia, airada,
haciendo un esfuerzo por sonreír a lo que no acontece.
El frío acero cromado amenaza con morder su alma,
pero ni siquiera un rasguño aciago la perturba.
Está sola, como hace años lo estuvo,
el mismo rictus forzado en los labios,
la tensión que no abandona sus dedos
en busca de una copa agria que la salve.
Es la misma muchacha que aguardaba en un rincón
en aquel tiempo,
impasible, sedienta por ver el mundo,
por conocer el dolor, por agitar holgadamente
las puertas giratorias del miedo.
Es la misma que cometía actos desesperados
como rúbrica voraz,
la misma que en los asientos traseros del cine
pacía lentamente la vida.
Y sin embargo ahora sabe
que sus manos no son nudos ni raíces,
que su cuerpo afilado e insólito
es un cuerpo más entre cuerpos
que se elevan como agujas y caen
pesadamente
como ángeles biliosos y rotundos,
que buscan el cielo y se tienden
plácidos como tablas en el agua,
deseando en secreto
transformarse alguna noche
en alimento para náufragos.
Laia López Manrique
pepe

2 comentarios:
Sólo podía ser Laia.
:)
auténtica, es verdad.
pepe
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