que curioso lo de leer, seguir de forma errática lo que va llegando a las manos, muchas veces sin criterio propio, dejándome llevar por el azar o apartándome de esa avalancha de novedades sin fin que rebosan en los estantes de los libreros y que cada quince días son remplazadas por otras que muy pocos leerán. no da tiempo más que a elegir sin querer una pequeña isla de palabras encontrada en medio de la marea. y a veces, esa exageración de nombres y tapas duras, de catedrales de autoayuda o ensayo inverosímil -premiado o no con el dinero de los laboratorios o la banca, quién sabe- a veces, entre ese disparate, surgen con justa potencia las pequeñas virtudes de natalia ginzburg; el baile de irene nemirovsky; la piel fría, de sánchez piñol; la maestría de andrea camilleri o philip kerr y la elegancia y el resentimiento de patricia highsmith, al releer el temblor de la falsificación. me gustaría, cuando veo ediciones de escritores de altura, ponerme inmediatamente a devorarlos: ya no puedo. no sé si os pasa. por ejemplo, esos inmensos dietarios publicados hace poco del poeta francés paul valèry, o el libro del desasosiego de pessoa, que me regalaron hace años y que sólo he podido husmear de lejos. sigo picoteando impenitente y acojonado a juan carlos onetti, o la hipnótica plaça del diamant o el retrato del artista adolscente creyendo que alguna vez las leí enteras. y las dejo de nuevo, con la sensación de dispersión total y a la vez de que más dará, pero pensando qué gilipollas soy...hago listas, y en ellas meto autores con los que debiera alucinar. poetas como philip larkin, filósofos como clèment rosset, pero acabo zampándome la maravilla de papa goriot del tío balzac, prosas apátridas de julio ramón rybeiro, matar a platón de chantal maillard. por qué unos sí y otros no? el otro día leí un articulo en el que el autor exponía que para hablar del dolor hay que haber leído desgracia de coetzee; pastoral americana, de philip roth, y herzog de saúl bellow....leñe, pensé, he leído las dos primeras, pero no la tercera...me falta una para poder hablar del dolor, ¡que putada!... en cambio sí disfruté a lo bestia con ravelstein de bellow, precisamente. o sea, que voy dando bandazos a diestro y siniestro, disfrutando como puedo de lo que me encuentro o me regalan, y necesitando en realidad que woody allen me cuente sus historias de niño, que su abuelo era dueño de varias salas de cine en brooklyn y que se hundió con ellas en la gran depresión, en las conversaciones con woody allen de eric lax, que ahora mismo estoy disfrutando como un cochino porque son fáciles de leer, divertidas, curiosas: entretenidas.
pepe
pepe


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