ha pasado la tierra, el cielo y las cosas decisivas en días como éstos...pero no es hasta ahora que puedo volver a encender el cuaderno de nuevo. sólo en una ciudad catedralicia estaba el güi-fi en órbita -y unas tapas inmensas-, y allí miguel y yo pudimos anotar nuestros recados. no me gustaría mitificar la carretera, y más cuando no soy yo quien conduce. pero hemos visto algunas maravillas. encarna siempre al volante y miguel guía decidido -mis mejores compañeros de viaje, pacientes, divertidos, complacientes, tranquilos- miguel digo, dueño del ton-ton, ese quitamapas y quitamiedos para quien no desee perderse. un aparato divertido e incomprensible. sólamente un pequeño satélite que sin embargo no captó el vuelo limpio de los carboneros en su altura o el de las cigüeñas, pasando por delante de nuestras narices, ahí, en la pequeña carretera amarilla, con un aire elegante de otro mundo. ha pasado el embalse del ebro a primera hora de la mañana, con la niebla encima del monte, o a la hora de la siesta, cuando nos apoyábamos los tres las espaldas para leer o mirar el agua rizada por el viento noreste -casi como el mar negro-. también un título, quizá algo como domingo triste en reinosa, porque llegamos allí en domingo, comercios cerrados y algo más. y en contraste, la gente acogedora y sabia del alfoz, merindades, norte occidental de burgos, donde castilla entra en cantabria y el monte es lila y la piedra caliza tiene tantos millones de años que si la tocas tiene una capa de musgo verde brillante que parece mentira.y los paseos para ver recién parida a una vaca con las cuernas torcidas que lamía a su ternero con deleite, justo levantándose él sólo por primera vez. y pasar -también por vez primera- el puerto del escudo -uno de los que salen en invierno en las noticias de la nieve- para descubrir que allá abajo está el mar, y los valles se cruzan entre sí durante ochenta kilómetros hasta llegar al agua. es difícil entender el curso de las cosas diarias estando en ruta, todo tiene sentido y algo a la vez se convierte en extraño. extrañado, el cielo no te observa. las personas, sí. algunas se te acercan. a otras no las verás nunca. en cambio en la costa de liencres, en los urros, se puede ver aún que el mar inmenso no ha podido acabar con las rocas grises después de otros cientos de millones de años. siguen ahí, y nos acompañan durante un breve lapso de mundo que contiene ahora el universo.
pepe
pepe

1 comentario:
ay, pepe, qué bien nos haces sentir, amigo...
y qué bien teneros ya por aquí...
òscar.
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