
Un hombre a pie de tren
de una estación cualquiera
próxima a nuestras casas
ha sido desinformado y humillado,
apeado al andén del convoy regional
y no puede viajar a sus
ocupaciones cotidianas:
negocios, cierta urgencia,
reunión en la feria,
almuerzo de trabajo,
la cita con la chica
el dinero, las compras.
A pie de andén el hombre es abordado
por el equipo móvil de la televisión
que jamás abandona
al individuo moderno en su desdicha
o desespero o mayor fuerza
y que le da la ocasión de explicar
a la audiencia temible y envidiosa
su desgracia
con esa mezcla de odio ancestral
y desazón perenne ante la adversidad
en un mundo cortado al parecer
al mínimo detalle:
el hombre orondo explica
el porqué de su mala fortuna,
dirime las causas de la misma,
exige reparaciones, desagravios
y no pagar, tener a punto otras
alternativas a su escasa suerte,
a la importancia de sus imprescindibles
quehaceres postergados;
al acabar su queja, con la barbilla altiva,
sin conocer siquiera la causa probable
del retraso del tren
-un compatriota suyo
quizá se ha suicidado-,
remata el comentario
seguro de sí mismo,
declarando a la cámara:
vamos, es que estas cosas,
no pasan ni en Burundi.
pepe
pepe

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