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jueves, 27 de septiembre de 2007

Buenas noticias: Aurora Luque + Renée Vivien

Regalo matutino. E-mail de Aurora Luque, poeta que Pepe ha leido en varias ocasiones en "Sopa de poetes" . Nos envía su último trabajo en torno a la poesía, de próxima aparición.

Renée Vivien, "Poemas"
Traducción y prólogo de Aurora Luque. Epílogo de Maria-Mercé Marçal
Ediciones Igitur Poesía

Nuestra es la noche

Hora del despertar... Abre tus párpados.
A lo lejos afila sus luces la luciérnaga.
El asfódelo pálido emana puro amor.
La noche llega. –Vamos, amiga extraña mía.
La luna reverdece el azul de los montes.
La noche es nuestra. El día, que sea de los otros.

Sólo escucho en la hondura de bosques taciturnos
el crujir de tu ropa, de las nocturnas alas.
El acónito en flor, de un blanco quejumbroso,
exhala sus perfumes, sus íntimos venenos...
Un árbol traspasado con un soplo de abismos
nos cerca con sus ramas, ganchudas como dedos.

El azul de la noche se expande y fluye. Ahora
es más ardiente el goce y es la angustia mejor.
El recuerdo es hermoso como un palacio en ruinas...
Fuegos fatuos, entonces, recorren nuestras vértebras,
pues resucita el alma de las tinieblas hondas.

Solamente la noche nos convierte en nosotras.

La Nuit est à nous:

C’est l’heure du réveil… Soulève tes paupières…/Au loin la luciole aiguise ses lumières,/ Et le blême asphodèle a des souffles d’amour./ La nuit vient : hâte-toi, mon étrange compagne,/ Car la lune a verdi le bleu de la montagne,/ Car la nuit est à nous comme à d’autres le jour.//

Je n’entends, au milieu des forêts taciturnes,/ Que le bruit de ta robe et des ailes nocturnes,/ Et la fleur d’aconit, aux blancs mornes et froids,/ Exhale ses parfums et ses poisons intimes…/ Un arbre, traversé du souffle des abîmes, /Tend vers nous ses rameaux, crochus comme des doigts.//

Le bleu nocturne coule et s’épand… À cette heure,/ La joie est plus ardente et l’angoisse est meilleure,/ Le souvenir est beau comme un palais détruit…/ Des feux follets courront le long de nos vertèbres,/ Car l’âme ressuscite au profond des ténèbres,/ Et l’on ne redevient soi-même que la nuit.//

Renée Vivien es el nombre literario de Pauline Tarn, nacida en Londres en 1877 de padre inglés y madre americana. En 1899 se instala en París con una herencia que la pone a salvo de preocupaciones materiales y que le permitirá alentar las publicaciones de sus amigos y dedicarse a viajar durante largas temporadas. En París conoce a Natalie Clifford Barney, actriz y escritora iniciada en los salones literarios –era amiga de Pierre Louÿs-, con quien mantiene una tortuosa relación intermitente. La baronesa Hélène de Zuylen (que cuidó a Vivien al final de sus días y que colaboró con ella en varias obras) le aportará estabilidad sentimental. Desde 1904 Renée mantuvo una relación casi completamente epistolar con una misteriosa admiradora de Constantinopla, esposa de un diplomático, llamada Kérimé Turkan-Pacha, que alimentará su mitomanía con un ensueño oriental prohibido y lejano.
Vivien hablaba así de sus viajes: He entrevisto la maravilla egipcia, el encantamiento de los faraones desaparecidos, a Isis de alas verdes, extendidas como signo de protección a los muertos, a Anubis con cabeza de buitre que pesa su corazón en la balanza suprema, a Neftis, la diosa que atiende al alma temerosa. Sí, he visto todo esto y he regresado con el deseo de ver más, de ver otra cosa, de ver hasta volverme ciega, de verlo todo en la Tierra y de ver hasta en el Más Allá. Nunca se ve suficientemente lejos, nunca se ve lo suficiente.
Este insaciable instinto de exploración lo aplicó también a su obra de creación, que, amplia y desigual, abarca muy variados géneros. Novelas, relatos, prosa poética (Brumas de los Fiordos), adaptaciones de Safo –amplificaciones que explicitan la carga homoerótica del original griego-, teatro y narrativa en colaboración, e incluso una biografía de Ana Bolena.
En 1901 publica su primera colección poética, Études et préludes, a la que seguirán nuevos títulos: Cendres et poussières, Àl´heure des mains jointes, Flambeaux éteints, Sillages, Haillons. Sus obras, en las que Gide declaró no haber encontrado nada valioso, están impregnadas de “un baudelairismo profundo, central, generador”. La influencia del “turbador Baudelaire” y del “tierno Verlaine” ya fue detectada por sus contemporáneos. Vivien, con las espléndidas herramientas de la poesía simbolista finisecular, construye un mundo lírico decadente y hedonista. Lleva a sus más radicales consecuencias algunos de los registros de la fatalidad nihilista y de la perversidad voluptuosa tan en boga en el arte de 1900. Sus versos están poblados de Ondinas, Bacantes, Ofelias, seres noctívagos y destructivas amantes. Su lengua es lujosa y sensual, y a la vez extrañamente inmediata. Las flores raras, las piedras preciosas, las sedas y perfumes no llegan a asfixiar la franqueza anhelante de la voz de la autora. Vivien es maestra en la exploración de los sentidos: sinestesias, correspondencias y asociaciones inesperadas se plasman con matices sutiles y delicados en ritmos impecablemente fluidos. En sus libros, Vivien explora acuciantemente nuevas maneras de decir el deseo; los cantos exaltados a la sabiduría de los sentidos y del cuerpo darán paso, en los últimos títulos, a una desesperada y morbosa indagación en la muerte. Todo ello se resuelve, en el conjunto de su obra, en una afirmación intemporal y subversiva del deseo. Vivien escribía, como Cernuda, para lectores del futuro.
Renée Vivien murió de anorexia en París a los treinta y dos años.

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